EL APORTE DEL PLÁTANO CACHACO A LA CULTURA DEL TOLIMA GRANDE

 EL APORTE DEL PLÁTANO CACHACO A LA CULTURA DEL TOLIMA GRANDE

Por: Carmelo Otálora Figueroa.

Hablar del Cachaco, Popoche o Tres filos, nombres comunes con que se conoce esta variedad de plátano  en muchas partes de Colombia y en especial en el Tolima Grande, es  traer a la memoria, muchas de las costumbres y  practicas culinarias propias del campo, es  volver a percibir el olor fresco de   los productos   para la alimentación   cultivados en la finca en forma sana y natural   y sin querer, compararlas con las afugias y  el facilismo  en  que hoy nos  sume el supermercado  y la sociedad de consumismo propios de la vida urbana.

Muchas de las variedades de plátano comestible, llegaron a América provenientes del sur de Asia durante la conquista y se convirtieron en un componente nutricional básico. Nombres como    Banano, Guineo, Cachaco, Dominico, Hartón, Pildoros, Portugos, identifican algunas de las variedades más conocidas.

Hasta mediados del siglo XX, Colombia era un país rural. Los fenómenos de violencia política y guerrillera, hicieron que la gente en forma acelerada emigrara a los centros urbanos, dejando en sus lares muchos de sus hábitos y costumbres que en las ciudades   solo fueron un bello recuerdo de tiempos idos o un trozo de historia   que cuentan sus descendientes. Cultivar el Cachaco era algo fundamental en tierra caliente, debido a su resistencia al clima cálido, plagas y suelos de poca fertilidad y a la diversidad de usos culinarias que se le daba a la fruta ya fuera verde o madura. Consumido en tajadas   fritas teñidas de un color claro y textura algodonosa, acompañadas con un trozo   de carne asada, como ingrediente clave del viudo y caldos de pescado, el uso de sus hojas soasadas, como envoltura ideal para el fiambre, tamales y envueltos. La tarea familiar de descascarar el fruto, cortarlo en finas tajadas y en cueros curtidos, ponerlo a secar al sol, para luego molerlo, daba como resultado un ingrediente esencial de   la colada, que, mezclada con leche entera, era el alimento básico de los niños. Sin compotas ni leches especiales, los chicos se criaban sanos y fuertes y en la mayoría de los casos, el uso de remedios, se reducía a purgarlos una vez al año, con el famoso Vermífugo Nacional. La colada se vertía en un envase de vidrio   y su pico se coronaba con un chupo de goma, que el guambito consumía sin pausa, hasta que se llenaba o lo vencía el sueño.

Los racimos que no se aprovechaban verdes, se dejaban madurar y eran el alimento predilecto de aves y marranos, que se criaban para la venta, el consumo doméstico o para   sacrificar en fiestas    de San juan y de San Pedro. De la purina no se conocía ni el nombre.

Hoy en día, al Cachaco lo bajaron de estrato. Plátanos mejorados y hasta importados se ofrecen los supermercados donde el humilde fruto no tiene cabida. Tan solo en mercados campesinos y en el sector rural, es posible encontrarlo.

En el Tolima, sigue siendo    su cultivo, una buena fuente de ingresos, el comercializar sus hojas, para envoltura de tamales y otras viandas tradicionales. Camiones cargados con la verde mercancía primorosamente empacada, trasladan a Ibagué o Bogotá el singular traje natural de éstos platos típicos.

El Cachaco sigue   siendo parte importante de nuestra cultura y merece ponerlo de nuevo en su sitial, si se trata de consumir comidas sanas y contribuir en la preservación de nuestra identidad.   

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